El aire, espeso como la roca molida, zumbaba con mil gargantas. No era el rugido del viento en la montaña, sino el Grito Único de la Legión Abisal, un coro de cien mil bestias que arremetían contra la Brecha de W99. Abryrv, el nonagésimo noveno de su nombre, se plantó en el mismo umbral, sus pies de hierro clavados en la tierra helada, el hacha de los ancestros —Rompepuertas— una extensión natural de sus brazos de roble.
El primer embate fue una ola negra de colmillos y garras. El ruido se transformó: dejó de ser un sonido para ser una presión. Una fuerza invisible que empujaba, que vibraba en sus dientes, que intentaba disolver la médula de sus huesos. Sus compañeros, figuras endurecidas por incontables escaramuzas, formaron un muro a su espalda, pero sabían que Abryrv era la punta de lanza, el ojo de la tormenta.
El estruendo creció. Ahora era el Latido de la Guerra, un bombo infernal donde cada golpe del hacha de Abryrv era una nota disonante pero esencial. ¡CLANG! La hoja se hundió en un torso escamoso, y el sonido fue un chasquido seco. ¡CRASH! Otro ser se desmoronó, su grito absorbido por el mar de decibelios. Para Abryrv, el mundo exterior se había silenciado. Solo existía el ritmo de su propia sangre, el siseo de su aliento y la danza mortal de Rompepuertas.
Vio las sombras, no las distinguió. Eran siluetas borrosas, fauces abiertas, garras extendidas. El Ruido del Vacío lo rodeaba, una negrura audible que intentaba devorarlo. Pero Abryrv no vaciló. Cada golpe de su hacha era una reafirmación de su existencia, un "¡Aquí estoy!" contra el coro de la aniquilación. Su barba rojiza se empapaba de sudor y sangre, sus ojos, brasas ardientes en la penumbra.
La batalla se volvió un trance. Abryrv dejó de pensar; solo existía la Respuesta Refleja del Guerrero. El hacha se movía con una vida propia, anticipando los ataques, desviando las acometidas con una fuerza brutal. No había miedo, solo la fría y calculada furia de quien protege un legado. El Grito Único de la Legión Abisal intentaba desintegrar su voluntad, pero el eco más fuerte era el de los ancestros en su sangre, que susurraban: "¡No cederás!".
Y así, en medio del clamor ensordecedor de la batalla, Abryrv no escuchó la victoria, sino que la sintió. El embate se debilitó. Las sombras se retiraron, sus gritos ahora ecos distantes. El Grito Único se desvaneció, dejando atrás solo el silencio pesado de la matanza. Él se quedó allí, el hacha bajada, el pecho jadeando, el último vestigio de ruido en sus oídos era el latido potente de su propio corazón. W99 había aguantado, una vez más.